18 febrero 2013

Las apariencias ... ¿engañan?

Veamos: un chico entra en un lugar lleno de melenudos metaleros e inmediatamente puede sentirse "fuera de sitio". ¿Por qué? es de la misma edad que ellos, son casi todos chicos, algunos miran el fútbol en la pantalla y gritan gol a la vez que él. Al chaval le gusta el whisky y la cerveza, como a ellos; incluso quizá descubra entre esos rostros a alguno que estudie su misma universidad. Y a pesar de todo, con tantas semejanzas, un cachorro de "Nuevas generaciones", con su Barbour y sus vaqueros de marca, con su barbita bien recortada sobre una camisa con iniciales, ha de ser muy conocido en el barrio, cliente habitual y un crack de las relaciones públicas para ser bien aceptado en el local.


Por más que lo compruebe, no deja de maravillarme nuestro parecido a los hombre primitivos. Somos tribales. Somos gregarios. Tenemos un impulso de permanencia al grupo mucho más potente del que podemos creer. Y tendemos a parecernos, quizá en un intento de reconocimiento mutuo o por la necesidad de vivir en un ambiente conocido y familiar.

Y de todos los síntomas grupales, quizá el que mejor nos define es la apariencia externa. No hay tigre sin rayas, ni grupo de niñas con las mismas zapatillas. No hay moderno sin smartphone, ni hippie sin pañuelo al cuello. ¡Claro! sería trabajoso tener que escudriñar las intenciones de cada persona que nos cruzamos a diario, pero los códigos de vestir, los sitios que frecuentamos, el acento al hablar, facilitan mucho las cosas.


Más ejemplos: un hombre entra en una oficina bancaria y espera encontrar a tres o cuatro empleados púlcramente vestidos y bien educados. Ese ambiente le genera confianza. Lo ha visto muchas veces. No en vano todas las sucursales del país son casi idénticas. Le escamaría que en una de las cajas hubiese una clarividente pitonisa mirando a la bola para saber si subirán sus acciones, o si en una de las mesas el comercial, vestido de bandolero montañés, afilara distraído su faca de dos palmos. Afortunadamente todo está en su sitio, y se dirige hacia el comercial "de toda la vida", quien con sus modales de caballero y su aspecto profesional, le hará el favor de recomendarle una inversión en un producto financiero "de total confianza".

Ups ... creo que este último ejemplo destroza mi argumentación. Vaya. Milenios de confianza en los códigos tirados por la ventana.