21 noviembre 2006


Personajes históricos (VII) Ibn Sina, AVICENA

siguiendo la tendencia de alternar militares y gobernantes con eruditos, esta serie-homenaje vuelve hoy la vista a Oriente para buscar a este señor del turbante.

Idealizado por el escultor como un anciano con rostro piadoso y sabio, Avicena destacó como filósofo, médico, teólogo, astrónomo y científico. Un precursor de lo que luego en Europa llamaríamos "humanismo", con ese bombo y platillo que a los europeos nos caracteriza. De hecho parece que hemos inventado la rueda, cuando en realidad proviene exactamente del mismo sitio que este caballero.

Nació en 980 en Afsana, provincia de Jorasán, hoy Uzbekistán, a pocos kilómetros del matemático y poeta
Omar Jayyam, a quien ya hemos rendido homenaje en este blog. Avicena vivió casi dos siglos antes, pero bien fértil hubo de ser el semillero de la sabiduría en la Persia medieval para que dos personalidades tan notables se desarrollaran en un lugar que ahora nos parece tan recóndito.

Hoy parece que se reconoce más su vertiente filosófica, pero es notorio que su obra más reconocida sea Kitab al-qanun fi-l-tibb ("Libro del Canon de la Medicina"), y que fuera durante cientos de años (hasta la aparición de Paracelso y
Leonardo) el libro de texto por antonomasia en las universidades occidentales de Medicina.

Con poco más de 30 años ya había escrito la parte principal de su obra, pero no era un "empollón" al uso. Ibn Sina era un trabajador incansable que además, al llegar la noche, se entregaba al alcóhol y las mujeres con un brío digno del mayor de los juerguistas.

Buen médico, pero mal paciente, murió arruinado y con la salud deshecha a la edad de 57 años.

2 comentarios:

  1. pasaba por aquí11:37 a. m.

    " se entregaba al alcóhol y las mujeres con un brío digno del mayor de los juerguistas"---> y yo sin conocer a tan magno personaje!!!!
    Me voy a hacer una camiseta con su cara.

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  2. ja, ja, no sé qué te podría pasar si vas por el Raval con una camiseta pintada con la cara de un árabe con una birra en la mano. Vamos, lo de las viñetas de Mahoma iba a quedarse chico.

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