16 junio 2011

El juez (II)


una amiga me ha dicho que el relato anterior le ha dejado más preguntas que respuestas. La verdad es que a mí me gusta soltar una idea y que los visitantes echen la imaginación a rodar, pero ... quizá con esta segunda parte todo quede más redondo. Ahí va !

(...)

Virgilio fue juez en el pueblo durante muchos años, prácticamente desde su llegada al pueblo. Mi padre siempre me decía que cuando él era niño, Virgilio ya cuidaba de nosotros. "El juez", el respetado, el temido, el que ponía fin a todas las disputas, el hombre que sólo tenía que levantar la voz para devolver la paz al pueblo. Desde pequeño me fascinó su figura, supongo que porque ansiaba despertar en mis vecinos la misma admiración que le profesaban a él.

Tanto fue mi interés que pronto me encontré siguiendo a aquel hombre allá por donde iba, atendiendo sus palabras, escuchando sus juicios sobre temas importantes o acerca de las más nimias cuitas. Seguro que Virgilio veía en mí una especie de mascota, pero a base de imitar sus actitudes, al poco tiempo ya dirimía las peleas entre los chicos de mi edad, y Virgilio comenzó a ver en este chiquillo al que veinte años más tarde sería su sucesor.

Eran días felices, pero el año en que cumplí los 12 años no llovió. El siguiente tampoco y una tremenda hambruna cayó sobre la comarca. En poco tiempo, entre la miseria despertaron los más bajos instintos de los hombres y el crimen se multiplicó. Los primeros meses Virgilio era capaz de mantener el orden con su buen juicio pero al principio del segundo año tuvimos el primer muerto. Un hombre de uno de los caseríos más alejados de la aldea apareció muerto. Lo encontraron clavado a la puerta de su cuadra, atravesado por decenas de flechas y todo su famélico ganado había desaparecido. Virgilio, con la misma calma que era capaz de demostrar en una disputa familiar, ordenó a a nuestros soldados que buscaran a los ladrones asesinos en el mercado de Navafría. No tenía dudas de que habrían acudido allí a vender su botín.

Despertaba la mañana siguiente cuando nuestros soldados regresaron, algunos malheridos, pero con su misión cumplida. Sus caballos tiraban de un carro donde dos de los ladrones yacían muertos. Quedaban vivos dos de ellos, o casi vivos diría yo. Llenos de sangre y arrastrándose a duras penas, fueron presentados ante Virgilio. Nada dijo, ni dio ninguna explicación sobre lo que se disponía a hacer. Se acercó a ellos en silencio y, sin preámbulos, les degolló en medio de la plaza. Luego, ordenó que sus cuerpos fuesen amarrados a la picota, para ejemplo de todos.
Aquella noche llovió, y aunque la lluvia no se detuvo durante tres días, el olor a muerte permanecía en el aire. Aún pasó un mes hasta que Virgilio ordenó enterrar los despojos de los asesinos del pastor. Un mes en el que prácticamente nadie en el pueblo pronunció una palabra. Ni siquiera el juez, quien apenas aparecía por el pueblo, y cuando lo hacía, caminaba solo, evitando a la gente.

Superando mi miedo a aquel hombre que se había vuelto extraño a mis ojos, comencé a seguirle de nuevo, como un perrillo, respetando su mutismo. Quizá fue durante esos días cuando Virgilio creyó ver en mí alguien capacitado para observar lo que los demás no ven pues una mañana me miró y me dijo una sola frase, unas pocas palabras que he recordado todos los días de mi vida, pero que hasta ayer no me había revelado su verdadera magnitud: “Héctor, Llegará el día en el que cumplirás con tu deber y ello tranquilizará al pueblo a la vez que te traerá el desasosiego”. No dije nada, y la vida continuó. Nunca más Virgilio tuvo que emplear método más duro que su voz profunda y su corazón ecuánime para saldar hasta el más complicado del los pleitos. Muchos inviernos después, cuando yo ya hacía muchos años que era un adulto, Virgilio se fue como vino. En silencio. Dicen que se internó en el bosque, pero nadie pudo decirlo con seguridad.

A su marcha, el pueblo decidió que yo, Héctor, ocupase el lugar del "juez". Los años pasados junto a Virgilio me habían dado la experiencia suficiente como para no fallar en las pequeñas disputas. Para las grandes, el respeto que imponía mi clan me sostuvo en el cargo hasta que, con el tiempo, ha llegado la gran prueba para el sucesor del gran juez. Ahora, el pueblo sabe que soy fuerte, y ello hace fuerte al pueblo. Ahora están tranquilos. Yo, por mi parte, sólo alejo el desasosiego de mi ser cuando camino por este bosque entre cuya espesura desapareció Virgilio. Creo que ha llegado el momento de buscar alguien que pueda sustituirme en el futuro, alguien que continúe la tradición de Virgilio y de todos los jueces que han cuidado del pueblo desde que el recuerdo existe.

1 comentario:

  1. Anónimo8:27 p. m.

    Me gusta más la foto del bosque que la de la picota de el juez I, y haber si le metemos algo de penetración en los relatos.
    Yáñez.

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