Es la provincia de Madrid una planicie limitada por un par de ríos al Este y Sur y por una cordillera que corre de Nordeste a Suroeste. La principal ciudad nunca fue muy importante, una simple fortaleza de segunda sobre la vega de un río vecinal. Ni siquiera durante la dominación árabe tuvo gran influencia, y poco más durante los primeros años del reino unificado de España. Su vecina ciudad de Alcalá de Henares sí tiene más solera, primero como enclave celtíbero, luego ya como el romano Complutum y desde allí alcanzando pujanza tanto en Al Ándalus como en la Castilla medieval. Plaza fuerte, universidad, centro de comercio. Gran currículum en comparación con la pobre Mayrit (Magerit para los castellanos) y su exiguo río Manzanares
Añadidos a la capacidad defensiva, un sinfín de arroyos proporcionaba el suministro de agua incluso en los veranos más secos. Y el alfoz, fértil y extenso con dominio sobre las vegas del Jarama y el Tajuña, garantizaba la cercanía de suministros.
Bien, estos factores la hicieron crecer rápidamente, pero ni de lejos al ritmo de Valladolid, Burgos, Segovia o Toledo, ni siquiera como Ávila o Salamanca, otras principales ciudades castellanas. La burguesía y la iglesia crecían es esos lugares. ¿Y en Madrid? nada. La Corte era itinerante en el final de la Edad Media, y los reyes no eran mucho más importantes que otros nobles. Digamos que los reyes entraban en las ciudades, "de prestado".
Una vez que se deja de guerrear en el territorio peninsular, con la unidad dinástica de los reinos de León, Castilla y Aragón, así como la anexión navarra y de los reinos musulmanes del sur, los reyes se vuelven sedentarios. Es sabido que los Reyes Católicos habían sido básicamente nómadas sin muchos prejuicios sobre el lugar dónde establecerse.
La construcción de un nuevo alcázar y el gobierno de un rey muy sedentario como fue Felipe II consolidan la nueva capital. A una jornada se construye el palacio personal del rey, El Escorial, y la suerte queda echada. Los Austrias y luego los Borbones se asientan en Madrid y privilegian su posición hasta hacerla indiscutible. Simultáneamente, la ganadería y el comercio de la lana declinan y las rivales castellanas pierden importancia (con la salvedad de Salamanca y Valladolid).
Y así, aunque nuevos centros de poder mandan en la península en los siglos XVI-XVIII, las ciudades portuarias de Sevilla, Lisboa, Cádiz, las decisiones se seguirán tomando en Madrid hasta nuestros días.
Mirad, qué sigilosamente ha acabado dominándonos el poblachón manchego.













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